El fútbol no reparte sus dones de forma equitativa. Algunos jugadores, aunque pocos, parecen haber recibido de forma innata lo que otros consiguen a base de esfuerzo: una soltura que precede al gesto, una intuición que se adelanta al pensamiento. Aston Civil encarna esta excepción y, sin exagerar, se le puede calificar de virtuoso.
Quienes lo vieron en sus inicios coinciden en una cosa: es uno de los talentos más excepcionales de su generación. Su regate es fluido, su lectura del juego instantánea y su control denota una elegancia que no se aprende. Un rival despistado, un apoyo fuera de tiempo, una aceleración donde nadie se lo esperaba: cada situación se convierte, bajo sus pies, en una oportunidad para sorprender. Por eso no nos limitamos a verle jugar: asistimos a algo que roza el arte.
Sin embargo, esa virtuosidad, por sí sola, no bastaría para definirlo, ya que lo que realmente le distingue es la lucidez con la que pone su talento al servicio del colectivo. Mientras que otros prolongarían la jugada por el simple hecho de hacerlo, él sabe detenerse en el momento adecuado y prefiere el pase sencillo a la finta espectacular, siempre que ello beneficie más al equipo. La jugada brillante, en su caso, solo cobra sentido en relación con el colectivo.
De esta insólita combinación entre el instinto que deslumbra y el criterio que construye surge el jugador al que el Águila pretende retener para desarrollar su proyecto.